Simon Zelada

La buena vida y la poca vergüenza

Enviado por Simon Zelada el 25 may, 2010 a las 13:02

   Sorbo a sorbo, bebía mi café. El tiempo fue molido de forma fina y lenta, tal como la moledora de granos frente a mi sobre una vitrina lo hacia. Llevaba bastante tiempo analizando la buena vida que llevaba y como la encauzaba hacia mi destino.

 

  Un cielo cubierto con un manto blanco con delgadas pinceladas de un suave gris mientras llovían y atacaban directamente las hojas que fallecían en otoño. Fue así como en el treceavo sorbo se dejo caer una silueta junto a mí. En ese mismo instante, hervía el agua cerca de la barra y unos comensales se retiraban de aquel pequeño lugar.

 

  Luego de un abrazo frió y sin palabras se acomodo en la silla contigua donde, rápidamente, apareció una carta del local y un mozo atento para atenderla. Mis deseos no se podían contener por lo cual, terminaron canalizados en un inhibidor pastel de mil hojas mientras que ella, pretendía apreciar un café cargado y una selva negra donde desvanecerse.

 

  Cuarenta días y ahora solo me dirigía hacia ella hablando con miradas y disparando hacia las inertes murallas de sensibilidad. Con mis disparos solo encontré un par de miradas sin color. Otro sorbo de café sirvió para volver a apuntar a sus ojos, donde creo firmemente que es la ventana del alma. Encontré esta vez una lágrima de angustia. En ese momento una fría corriente de aire me envolvió ya que los últimos comensales que quedaban, aparte de nosotros, ya se retiraban. La escena continúo tal cual de inerte por un largo rato

 

Todo esto cambio bruscamente, al soplo que despacho la maquina donde preparaban el café y el mozo sirvió lo solicitado en nuestra mesa.

 

Una calidez en el cuerpo y alma de todos los que nos encontrábamos en la mesa, ayudo que nuestras miradas se juntasen y diera paso a un loco desenfreno de ideas, sabores y movimientos. Su tenedor se hundió sensualmente en su rebanada y veo como reaparece llevándoselo a la boca luego, un sorbo de café embriagador y es en ese punto, donde pude contemplar el deseo de su alma a través de sus ojos en donde me abalanzo para hacer desaparecer cualquier traza de aquel café en la comisura de sus labios con un beso.

 

Fue el primero de muchos, toda una odisea poder probar las delicias de nuestros besos y una comida de por medio la que al probarla, era insípida pero mediante un beso, adquiría notas y sabores mas allá de lo que uno podría llegar a pensar que correspondían a lo ingerido. Tras terminar, pagamos la cuenta y salimos a la lluvia de hojas.

 

Fue en ese entonces, donde raudamente nos fuimos a mi departamento que no estaba tan lejano ni tan alto. En el tercer piso se nos dibujaban las ansias en nuestro rostro. Entramos y de un soplo se cerró la puerta haciéndose cómplice del pecado carnal que comenzábamos a cometer.

 

Todo fue una locura, con recuerdos en momentos que abría los ojos, donde recorría su cuerpo completo y apreciaba tan bella feminidad…

 

Ya han pasado un par de horas desde que Gabriela se fue, mi cuerpo se siente sucio y mi cerebro se cuestiona la poca vergüenza que tiene este por sucumbir nuevamente a los placeres carnales con la reciente mujer de su hermano.

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