Con un grupo de amigos, después de un concierto de la Orquesta Sinfónica de Chile, decidimos ir a comer a un restaurante llamado "Alto Perú" que se encuentra en la calle Seminario, cerca de Providencia. Llegamos cerca de las diez de la noche y un señor de terno y corbata, que debe haber sido el maitre, nos dijo que había que esperar diez minutos para ocupar una mesa. Como también había otras personas aguardando, nos asignó un turno a dedo y nosotros nos quedamos con el tercero. Aceptamos. Como somo personas consideradas y respetuosas nos pusimos a conversar y no nos dimos cuenta, como a espaldas nuestras, "nos pasaban por la cola del pavo" como se dice vulgarmente. El cuarto grupo, nos imaginamos que con alguna especie de lobby, se las arregló para conseguir mesa antes que nosotros y nos "tiraron para la cola" sin ningún tipo de consideración. Cuando reclamamos, el supuesto maitre se limitó a decir "perdón" y no le dio ninguna relevancia a nuestra indignada llamada de atención. Siguió en lo suyo. Como insistimos en protestar, volvió a pedir perdón y culpó a los mozos del desaguisado. A esas alturas, se sumó otra persona al reclamo, pero pronto nos dimos cuenta, que en el restaurant "Alto Perú" los clientes dejan de tener importancia cuando ellos tienen el local lleno.
No cabe duda que los dueños de este restaurante se sienten exitosos y satisfechos, porque consiguen repletar su restaurante, pero nadie les advirtió que los éxitos son efímeros si no van acompañados de responsabilidad, organización y categoría.
Como nos dimos cuenta que en al "Alto Perú", para conseguir mesa hay que pertenecer al grupo de los avispados, vivarachos, ladinos, pícaros, tunantes y maliciosos, preferimos irnos y no seguir pasando rabias, porque se sale a comer uno va a disfrutar de momentos agraedables con los amigos y no a pasar rabia con empresarios desatentos.
Es obvio que a nadie de "Alto Perú" le importó que nos fuéramos. Creo que se alegraron de desahacerse de clientes que se atrevieron a reclamar. Ellos claramente se siente cómodos con la ley de la selva. Menos mal que al lado existe un restaurante que se llama "El Barcelona". Si no hubiera existido, nuestra salida a comer habría sido un fracaso.










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